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1903 revista militar 2003

HOMENAJE AL

GENERAL NICOLÁS LEVALLE

Al cumplirse un año

de su fallecimiento

28-1-1902

La Revista Militar incorporará en lo sucesivo, la reproducción

de artículos, notas, recordatorios, etc., editadas un siglo atrás.

En esta oportunidad, recordamos

al General Nicolás Levalle, primer presidente

del Círculo Militar.

Al cumplirse el primer aniversario de la muerte del general Levalle, el Círculo Militar tributó un reconocido homenaje en el cementerio de la Recoleta.

Asistieron al acto el señor Ministro de Guerra y gran número de jefes y oficiales de la Armada y del Ejército, como también numerosos ciudadanos que fueron amigos del teniente general Nicolás Levalle.

La C.D. del Círculo Militar nombró una comisión especial que organizó todo lo referente al acto, compuesta por los tenientes coroneles Cornelio Gutiérrez, Ángel Alegre, Manuel J. Guerrero y doctor Risso Domínguez. Fue esta comisión la que depositó en la tumba una artística placa de bronce.

Hizo uso de la palabra, en nombre del "Círculo Militar", su presidente, el señor general José I. Garmendia, quien expresó lo siguiente:

"Aquí en este modesto sarcófago: que no es suyo, prestado por la piedad de un amigo; aquí ante este féretro tan venerado para el soldado argentino y casi olvidado para aquellos que no han conocido los sacrificios del ejército, porque la ingratitud de los pueblos es un proverbio; venimos sus compañeros de armas a dar nueva vida por un momento a aquel intrépido adalid de las pasadas glorias que también se le pudo llamar el bravo de los bravos.

Levalle tenía ya su brillante canto homérico en el libro de la




Misceláneas



guerra argentina, su prolongada figuración de héroe no desmerece de aquellos legendarios que tanto blasonamos. Pasó lentamente por cuarenta años de campos de batalla, y en ese surco luminoso se levanta su figura como un guerrero intrépido que sin deber nada al favoritismo lo debió todo a sus propios méritos, y persistente en su magna idea; él mismo se ha erigido su imperecedera fama sobre pedestal tan grandioso.

Nadie como él fue el verdadero tipo de noble campeón salido de las filas del pueblo, que con una tenacidad constante, calculada, subió grada por grada el augusto trono de su nombradía. Su esfuerzo heroico, sus nobles inspiraciones, sus ingénitos arranques de alma de 

soldado, todo le era propio, no lo había usurpado a nadie.

Como general, pudo también decir como Souvarow "Jamás hago planes de campaña, el tiempo, los lugares y las circunstancias me los dictan".

Como soldado, de igual modo se adapta a su carácter otra frase del mismo general ruso, cuando un oficial le anuncia que había sido batido: "¿Han sido batidos todos mis rusos?" No general, replica el oficial, "Entonces no hemos sido batidos".

Su tenacidad en el campo de batalla era proverbial; jamás se presentó una situación, por más crítica que fuese, que abatiera su ánimo; él sabía que su persistencia heroica coronaría su hora o le conquistaría inigualable gloria; muchas veces con graves heridas no abandonó la arena del combate; prefería haber muerto sobre su caballo a que se le escapase la victoria; y recién cuando oía las dianas que anuncian vencedores y vencidos, sentía el dolor de su herida y la opresión ruda de su corazón.

Su grandeza de alma estaba en el campo de batalla, allí se iluminaba su cabeza y su perspicacia se desarrollaba de un modo admirable, salpicando, en los momentos más críticos del peligro, el hielo de la acción, con frases tan oportunas que han quedado grabadas en la historia anecdótica del ejército como un raro ejemplo de serenidad ante el peligro.

Lo que yo admiro más en este ilustre guerrero es que él solo fue su propio maestro: había nacido para la lucha; el instinto de la guerra era su guía, algo misterioso que lo empujaba a la hazaña, y pudo con tan excelsa ayuda alcanzar los más encumbrados puestos de la milicia. Aquel hombre fue un muro de acero, contra él se hicieron pedazos los arietes más formidables, presintió los rigores de su época con constancia y serenidad y a toda prueba salió ileso.

 

Para nosotros, los compañeros de armas del general Levalle, los que hemos vivido entre las vicisitudes de la vida militar, el eximio camarada vive, es como los astros que no se eclipsan, no puede evaporarse entre la bruma del olvido su sombra luminosa, su figura enaltecida se ha de reflejar ardiente en nuestra imaginación. Ese guerrero ilustre que tuvo las grandezas y debilidades del pueblo será el modelo más acabado, será el tipo guerrero más simpático del soldado argentino.

Olvidemos que está encerrado en tan estrecho y negro albergue, levantémosle de la tumba, dando vida real a su memoria y entreguemos su figura escultural, su vida enaltecida por magnos hechos a la posteridad para que nos la presente animada a cada instante, y mientras el mármol espera ser honrado por tan hermosa efigie, que viva palpitante su recuerdo glorioso en el corazón del guerrero argentino como el ejemplo de la bravura en acción.


Revista Militar

 

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